Este es un artículo que escribí un año atrás y nunca se llegó a publicar; es por lo tanto inédito.
Continuamente recibimos información sobre la importancia de cuidar el medio ambiente. Y podemos decir que en cierto grado somos conscientes de dicha necesidad. No está lejos de la mayoría de las personas la capacidad de abstracción suficiente para comprender que llegado el día en que no haya más agua para beber en nuestro planeta, todos, ricos pobres, famosos y desconocidos nos moriremos de sed. Sin embargo, la mayor parte del tiempo actuamos en forma desconsiderada hacia nuestro hogar global: el planeta tierra.
Caminando apresuradamente por la calle dejamos caer al piso el paquete de galletitas que acabamos de terminar. Mientras nos afeitamos el agua potable fluye libremente de la canilla; se desperdicia. Descartamos un envase plástico de condimento de mesa porque presionarlo ya no alcanza para extraer el contenido, aún cuando sabemos que si lo abrimos queda bastante dentro por sacar. Olvidamos una lámpara encendida durante el día cuando la luz solar satisface perfectamente nuestra necesidad de iluminación. De seguir, podríamos llenar libros con los momentos en que descuidamos en forma directa o indirecta nuestra salud ambiental.
Sabemos que se trata de una responsabilidad conjunta. De nada le sirve a la humanidad que cada uno de nosotros piense que los obligados a cuidar el ambiente son los demás. Por el contrario es indispensable que comprendamos en qué manera nuestro comportamiento lo afecta, por más insignificante que nos parezca.
Para esto debemos comenzar uniendo dos conceptos que a priori podemos suponer no relacionados entre sí debido a un error de percepción.
Hoy se muere un ruiseñor porque su hábitat se encuentra invadido de contaminantes producidos por la industria. Se trata tan solo de un ave y sabemos que hay millones de esa misma especie. Éste es sólo un granito de arena y pensamos que no vale nada. Pero llegará un día, si no hacemos algo por impedirlo, en que el último ruiseñor deje de vivir. Entonces todo el dinero del mundo no será suficiente para devolverle la vida a ese pájaro. Uno sólo; un granito de arena como el que muere hoy. Y sin embargo ese día su valor será inconmensurable. Nos preguntaremos cómo no pudimos evitar su pérdida.
Como programadores nos vemos tentados a caer en el error de creer que no podemos hacer nada para cuidar nuestro planeta. Es mucho más sencillo dejarles esa responsabilidad a quienes lo afectan en forma directa. Los operadores e instaladores de una represa hidroeléctrica, para citar un ejemplo. Debemos salir de este error comprendiendo que los ingenieros que construyen y llevan adelante una edificación de altísimo impacto ambiental —como lo es la mencionada— no pueden evitar que nosotros malgastemos y desperdiciemos la energía que nos proporciona. La central de generación eléctrica ya está instalada, pero si no ahorramos el recurso provisto será necesario establecer una nueva, y luego otra.
Existe en nuestra oficinas una cantidad de factores relacionados con el medio ambiente. Desde la energía eléctrica que alimenta las computadoras y que debemos cuidar configurando los dispositivos para que reduzcan el consumo en el momento en que no se los utiliza. Hasta el uso de papel en las impresoras —además de la tala de árboles, las papeleras intoxican las zonas y los cuerpos de agua donde operan. Por lo tanto será beneficioso para nuestro propio futuro que reciclemos, siempre que sea posible, las impresiones falladas o descartadas utilizando la faz que haya quedado en blanco. Y no olvidemos que los cartuchos de tinta y toner (de las impresoras láser) son altamente contaminantes.
¿Por qué aportar nuestro granito de arena? Simplemente porque puede salvarle la vida a un ruiseñor. Y con un poco de suerte, y si todos nos esforzamos al máximo, tal vez nunca llegue el día en que tengamos que hablar de un “último ruiseñor”.