Periodismo militante

Durante el pasado año 2011 la sociedad argentina se embarcó en múltiples discusiones de naturaleza política y social. Una de ellas me resulta particularmente interesante, muy a pesar de que no la considere tan crítica como otras. Se trata del periodismo militante. Un concepto relativamente nuevo en términos de vocabulario, pero que parece haber existido desde siempre cuando ejercitamos la memoria. Y es lógico, porque no existe el ser humano con la capacidad de ser completamente imparcial. Entonces si definimos al periodismo militante como “el ejercicio del periodismo con una postura política determinada” queda claro que es casi el único periodismo posible. No obstante existen grises entre un periodista robóticamente imparcial, y uno que tergiversa la información que transmite. Lo que queda para seguir discutiendo es justamente cuales son los grises y qué definición de periodismo militante es adecuada en la práctica.

En los últimos tiempos asistimos al enfrentamiento más sangriento, entre grupos de periodistas, que recuerda la historia reciente. Y aquí van dos aclaraciones que por prevención no voy a poner entre paréntesis: sangriento en sentido figurado; y la historia reciente circunscripta a lo que mi memoria me permite asegurar. De pronto en los medios de comunicación argentinos se oyeron dos voces distintas y claramente opuestas. Por un lado quienes criticaban implacablemente al gobierno y por el otro sus acérrimos defensores. Esta aparición de dos discursos contrapuestos no tardó en dar sus belicosos frutos. Materializados en periodistas acusándose mutuamente de ser voceros de sendas entidades (el gobierno y la oposición). A partir de ese momento se hizo foco en la polémica: “la ética periodística supone al periodista completamente imparcial“. Pero aún si nadie lo había mencionado hasta el año pasado, es obvio que ese postulado es meramente idealista. Y tiene valor como un objetivo a perseguir, pero admitiendo que no es posible en la práctica.

A partir de ese sinceramiento se hace viable la construcción de un periodismo menos idealista pero intelectualmente honesto. Un periodismo cuyos exponentes no se limitan a dar una información, sino que ejercen en mayor o menor medida un efecto editorial sobre lo informado. Y esa componente de imparcialidad que tiñe la información puede ser decodificada por los lectores o la audiencia, gracias al conocimiento previo de la opinión política o la escala de valores del periodista o del medio de información al que pertenece. Lo opuesto, perseguir un periodismo absolutamente objetivo, es infructuoso ya que en un escenario completamente optimista sólo un porcentaje ínfimo de los profesionales de la información lograría apenas acercarse a ser objetivo respecto de todos los temas que deba tratar. Insistir en la actualidad con la idea de un periodismo divino, incapaz de sucumbir a presiones políticas o económicas, y fuerte como para sobreponerse a la propia escala de valores del periodista, nos llevaría a una lectura incorrecta de la realidad. Por lo tanto, es menester encontrar una alternativa que proponga un camino más directo para que la información llegue del emisor al receptor con la menor distorsión posible.

Antes que comenzar a explorar ideas nuevas y revolucionarias que puedan atacar el problema planteado, prefiero reflexionar sobre el estado actual de las cosas. Dado que la crisis del periodismo militante ya tuvo lugar, quedó en el inconsciente colectivo la conclusión de que existen periodistas opositores y oficialistas, claramente diferenciados. Luego hay periodistas que se proclaman independientes pero no lo son, y pertenecen a uno de los grupos anteriores. Y finalmente un grupo que podríamos definir como verdaderamente independientes, que en realidad tiene una posición más cercana a uno de los grupos anteriores, pero se trata sólo de una leve inclinación que no afecta significativamente la información que proveen. Siendo el último el grupo más difícil de delinear.

Sin ánimos de realizar una lista exhaustiva quiero ejemplificar las categorías propuestas anteriormente. Dejando en manos del lector la decisión de dónde entra el resto del universo periodístico de nuestro país. Así, en los periodistas claramente opositores podríamos poner a Santo Biasatti, Jorge Lanata y Martín Caparrós. Siendo Marcelo Bonelli un exponente extremo. Y en la vereda de los oficialistas destacamos a Sandra Russo, Horacio Verbitsky, y María Julia Oliván. De este lado un exponente extremo sería Orlando Barone. Dentro de estos grupos existen aquellos que se dicen independientes. Tal es el caso de Jorge Lanata que se ocupa explícitamente de promover su supuesta independencia de pensamiento. Pero que fracasa a todas luces a medida que se conocen detalles sobre sus relaciones contractuales. Y en este punto debo hacer una pausa para dejar en claro que: no es válido objetarle a las personas que mencionamos aquí, el que cobren por hacer su trabajo periodístico; así como tampoco se puede criticar negativamente que cuando trabajan sean parciales en favor de sus valores o de las empresas que los contratan. Lo que sí debemos combatir es el discurso que promueve su independencia, pretensión de imparcialidad que de ser aceptada terminaría por engañarnos al momento de ser informados por ellos. En la medida en que los espectadores somos conscientes de los intereses que se sirven, podemos más o menos efectivamente, recibir la información y rescatar de ella el componente objetivo que contenga. Esta tarea es muchísimo más simple cuando somos informados por aquellos que se encuentran mucho más cerca del ideal de objetividad. En esta categoría quiero incluir a Victor Hugo Morales quien, a pesar de haber defendido varias causas del gobierno en los últimos dos años ―por cuestiones circunstanciales―, considero un periodista independiente que trata temas considerados escabrosos desde el punto de vista oficialista.

Y para terminar defender la utilidad de un periodismo militante cito la palabras con las que Alejandro Dolina dio respuesta a las crítica sobre el programa 6, 7, 8 en Televisión Registrada (TVR): “Algunos dicen: «No es un programa objetivo». Y claro que no, no hay programas objetivos, ¿en qué consiste ser objetivo? despojarse de todo interés [...] Más que acusar a uno porque sirve a determinados intereses, mejor es ver cómo los sirve. Si los sirve legítimamente o si miente, si los sirve con inteligencia o si lo hace con torpeza [...] Así que el programa este, 6, 7, 8, evidentemente sirve a unos intereses. Son una posición política concretamente ante el gobierno. Un programa que está a favor del gobierno. Pero su metodología es interesante. Si usted elige un costado de la realidad y lo muestra, bueno, por ahí elige el costado que más le conviene y no los costados que no le convienen… Por ahí las investigaciones se hacen justamente allí donde es la oposición la que comete los errores, pero me parece que está bien.

Es posible, no sin un pequeño ejercicio mental de nuestra parte, aprovechar toda la información que recibimos de los periodistas militantes. Sean partidarios de una causa o de la otra. Y sumar esto a los que expongan aquellos que consideramos suficientemente independientes. Y elaborar así nuestra propia opinión sobre la realidad para manejarnos políticamente. Apoyándonos en dos conceptos fundamentales: que los periodistas no son completamente objetivos, y que lo políticos no son ni ángeles ni demonios. Así, por lo general, se concluye que la verdad nunca está en un extremo ni en el otro. Y que tomando en cuenta opiniones dispares se puede llegar mejor a una aproximación a ella. En ese contexto es que la existencia de extremos como Bonelli y Barone son aceptables. Está claro que si no existiese uno, el otro no sería útil para brindar información. En cambio, la presencia de ambos establece una suerte de balance que los sustenta.

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