Algunos años atrás, mientras tomaba un curso extracurricular en la facultad de Bioquímica de la UBA, comencé a percibir los primeros indicios de algo que con el tiempo se tornó mucho más evidente. Ciertas personas tienen una actitud completamente pasiva hacia el aprendizaje.
En el caso que menciono, los acontecimientos se sucedieron así. El profesor comenzó a dictar las clases del curso y explicó que por tener una duración relativamente corta, era importante que dedicáramos al menos tres horas por semana a la realización de la tarea que pudiera requerirse en clase. La asistencia consistía en cuatro horas semanales, los sábados por la mañana. Con lo que no tomarse tres horas entre sábado y sábado era injustificable.
Con el paso de las clases se hizo evidente que un grupo importante de asistentes no se molestaba en hacer las prácticas . Siempre tenían alguna excusa para no haber hecho algo que, para ser sinceros, no tomaba más de una carilla en el caso más extremo. Y pienso que el profesor no hizo aclaraciones al respecto porque eramos todos mayores de edad en un curso extracurricular y pago. Así que siguió adelante hasta la finalización.
El programa no se llegó a completar por diversos motivos: la forma de dar las clases (el disertante se demoraba bastante con algunos temas) y algunos alumnos que tenían mayor dificultad para comprenderlos, entre otros. Durante el descanso de la última clase tres o cuatro alumnas comenzaron a protestar porque algunos puntos del programa habían quedado sin verse. Y se quejaban concretamente del profesor.
Lo irónico era que se quejaban justamente ellas, las que habían asistido sin tomarse la molestia de hacer en sus casas las prácticas.
Podría seguir citando experiencias concretas, pero creo que la descripta ilustra claramente el punto. Algunas personas creen que el aprendizaje es exclusivamente pasivo; se sientan esperando que alguien le inyecte de alguna forma el conocimiento. Y lo que es peor aún: cuando al finalizar un curso se dan cuenta de que no aprendieron nada, reclaman poniendo toda la responsabilidad sobre los hombros del profesor. No se preguntan qué hicieron ellos para aprender.
En la mayoría de los casos creo que se trata de falta de madurez. Porque hay ocasiones en que el reclamo directamente alude a una falta de entendimiento total de lo que se explicó en una clase. Durante la cual nadie levantó la mano para decir "yo no entendí, explíqueme de nuevo", incluso cuando el orador se detuvo en varias ocasiones para preguntar.
No pretendo que lo correcto es el opuesto. No estoy hablando de un aprendizaje exclusivamente autodidacta y proactivo. Pero creo que no hay forma de que el aparato educativo funcione si en los alumnos no hay intención de aprender. Ni tampoco si no existe la mínima voluntad de tomar un lápiz y un papel para poner en práctica la teoría. Al menos hacer el intento y poder encontrar las propias trabas para luego vencerlas con la ayuda del profesor.
Tampoco esto es una defensa general de los profesores, que también los hay bien malos. Como los que se paran en el frente a dar recetas para resolver problemas, en lugar de hacer que el alumno aprenda a pensar. Y lo triste es que muchas veces este es el tipo de profesores que el alumno completamente pasivo prefieres. Así aprobar una materia consiste en la capacidad de aprenderse de memoria unas cuantas recetas.