Me gustan las fiestas en que se conmemora algo. Y lamento que ese espíritu de festejo se haya perdido en nuestras fiestas patrias, aunque es un tema del que escribiría en otra ocasión. Me entusiasma la idea de reunirnos a festejar en familia pero me gustaría que fuésemos más conscientes del motivo por el cual nos reunimos.
La navidad es una fiesta cristiana. De hecho se trata de festejar el nacimiento de Jesús. Y es por ese motivo que armamos un pesebre donde ponemos al bebé Jesús en una cuna de paja. Su padre y su madre a ambos lados, además de una vaca y un burro en el mismo establo. Por lo general no faltan algunas ovejas, cabritos o cualquier otro simpático animalito de granja. Ni hablar del perro “manto negro” que agregaron en el pesebre gigante del destacamento de policía en la Avenida Belgrano al tres mil cien.
Al edificio del establo se le pone —naturalmente— un poco de nieve y si el presupuesto lo permite se pueden armar con una tela marrón oscura, pelotas de papel de diario y lo que sobró de nieve, un par de montañas que completan el paisaje. Si a todo esto lo montamos sobre un recorte de alfombra verde nos queda un pesebre de primera calidad.
Luego es cuestión de poner el árbol de navidad a un costado, con las bombas de vidrio rojo, las guirnaldas y las luces. Así papá Noel se acuerda que tiene que dejar los regalos.
Y casi me olvido de los reyes magos, que son tres y vienen montados en camellos. Aunque a esta altura sería lo mismo que estuvieran montando los renos de santa. Melchor, Gaspar y Baltazar; tres africanos que vienen a visitar al hijo de una pareja judía posiblemente del linaje del rey David.
Se creen de origen Egipcio y la leyenda supone que llegaron siguiendo la estrella de Belén. Y eran magos evidentemente porque caen el seis de enero; doce días después del nacimiento. No creo que hayan podido hacer la travesía Egipto Belén en tan poco tiempo. Sobre todo considerando el transporte y las condiciones del territorio que debían atravesar. Queda la posibilidad de que alguien los haya ido a buscar con tiempo. Pero esto no lo aclara la leyenda.
Los armenios están convencidos de que eran doce. Y que sólo conozcamos tres puede deberse a que se hayan perdido los otros nombres, que por otra parte en la Biblia no figuran. En todo caso podría haber venido también el preste Juan.
Volviendo al pesebre, qué mejor lugar para poner la estrella de Belén que en la punta del pino. Y así la mezcla de historia, leyenda, religión y mitología queda insondable, al menos a simple vista.