La discriminación que no miramos

Oponerse a la discriminación —oponerse de verdad—, es estar en contra de todo tipo de discriminación. Es fácil encontrar hoy, personas que condenen la discriminación. Si encuestamos a un grupo de personas, preguntándoles si están a favor o en contra de la discriminación, lo más probable es que la gran mayoría se manifieste en contra. Casi con seguridad cada uno piensa, al ser encuestado, en un hecho discriminatorio que reprueba. Por supuesto que el problema surge cuando empezamos a particularizar ese concepto amplio de discriminación. Y lo llevamos a un caso puntual, que lógicamente ya no coincide en todos los casos con ese particular que cada encuestado utilizó mentalmente para contestar. En ese segundo ejercicio el consenso ya no se alcanzaría tan fácilmente. Porque existe esa discriminación que no miramos, y que es menesteroso empezar a mirar.

Existen distintos motivos por los cuales se llega a condenar a medias la discriminación. En las últimas semanas me encontré, de pura casualidad, con dos ejemplos. Y ese fue justamente el disparador de este artículo. En todo el texto utilizo la palabra discriminación como colectivo de los tipos más específicos: racismo, antisemitismo, segregación, xenofobia, y otros.

Discriminado discriminador

Podría haber sido el nombre de un juego de nuestra infancia. Pero en realidad me refiero a una realidad que hecha por tierra el prejuicio que algunas personas tienen: quien es víctima de discriminación, no discrimina. No sólo es falso, sino que hasta existen estudios que indican que los miembros de las minoría suelen tener mayor tendencia a la discriminación, que los miembros de las mayorías.¹ De todas formas no es el objetivo de este texto cuantificar la discriminación ejercida por los discriminados. Aquí me limitaré a explorar los casos con los que nos encontramos a diario. Por ejemplo, el gordo al que le molesta que discriminen a los gordos, pero dice “puto de mierda” todo el tiempo. O el judío al que le molesta que digan “moishe” (despectivamente), pero se refiere a alguien pobre como “el cabecita negra“. Personas que, tras cometer el exabrupto niegan cualquier acusación que los tilde de discriminadores. Y preguntan cómo es posible que justamente ellos sean acusados. Reacción producto de nuestra costumbre de ver la paja en el ojo ajeno, y la razonable sensibilidad que tenemos por las cosas que nos afectan. Entonces el negro se siente el único con derecho a usar la palabra negro. El paso siguiente a ese error, es creer que la discriminación hacia los demás nunca será tan severa como la que sufre uno mismo. Tomar la discriminación de cualquier grado hacia uno como si fuese colosal, y ver discriminación de un alto grado hacia los demás como algo menor. Para evitar caer en semejante injusticia, suele funcionar el ejercicio en que trasladamos mentalmente ese acto discriminatorio en algo aplicable contra nosotros mismos, y en un aspecto que nos sensibilice.

Los grados de discriminación

Si bien un acto discriminatorio es siempre condenable, no podemos dejar de analizar sus distintos grados de intensidad. Especialmente porque muchas personas dibujan la línea entre lo que es discriminatorio y lo que no, dejando afuera casos de segregación de menor intensidad. Comprender que no es lo mismo ver a un cartonero y pensar que te va a robar; que no tomar a un empleado porque es Boliviano. Ni es lo mismo que un grupo de personas ejerciendo violencia física contra alguien más, por su elección sexual.

No se incurre en el mismo tenor de falta cuando se asocia —la raza de una persona con la delincuencia—, en una conversación privada de dos personas, que si la misma idea es enunciada por una radio pública a miles de oyentes. Se trata del mismo acto discriminatorio, pero varía sustancialmente cuanto se afecta directa y potencialmente al sujeto de la discriminación. Otro ejemplo de contraposición podría ser: el sentimiento no exteriorizado de desconfianza en un empleador que se dispone a cubrir un puesto, y se presenta una mujer. Si el prejuicio de que la mujer no servirá para el puesto, por su condición de mujer, termina por decidir que no se le dé el puesto; es muy distinto a que simplemente genere un comentario por parte del empleador —comentario que no hubiese hecho a un hombre— pero le otorgue el puesto.

No maten al mensajero

Podés decir negro sin discriminar. Y podes discriminar a una persona de piel oscura, sin decir negro. Las palabras son sólo mensajeras de conceptos y, desde luego, el mismo concepto puede ser representado por diferentes palabras. Lo que ha ocurrido a lo largo de la historia es que un determinado significante se transformó en símbolo. Y se asoció a un concepto muy fuertemente. Siguiendo la línea del ejemplo anterior, en los Estados Unidos la palabra “nigger” (adoptada del Español negro) se usó durante tantos años en forma despectiva para referirse a la gente de color, que hoy el sólo hecho de pronunciarla constituye una ofensa. Se llega al punto en que no importa el contexto, porque se perdió el significado original. Y esto tiene un efecto secundario sorprendente, y es que por el opuesto, se crea la falsa idea de que la ofensa sólo existe si se usa esa palabra, ese símbolo. Y se pierde de vista que discriminar es un acto que puede realizarse de muchas maneras, y también puede expresarse en formas diversas. El acto de discriminación está en el espíritu de los que hacemos o decimos. No en el acto físico en sí, o en las palabras que usemos.

La discriminación del otro, que preferimos no admitir

Al inicio de la nota dije que iba a tomar dos ejemplos de segregación permitida o condenada a medias. El primero fue cuando alguien me preguntó si yo pensaba que un homosexual podía ser xenófobo. Y fue el ejemplo que ensayé en la primera parte. La otra situación en la que tuve un intercambio de opiniones fue cuando dije que Luis D’Elía es antisemita. Y aquí haré una breve pausa para aclarar que creo un error grave utilizar la palabra antisemita para adjetivar un acto que no constituye discriminación realmente. Costumbre muy de moda, en particular contra quienes se ponen políticamente del lado de los Palestinos en el conflicto de medio oriente. Dicho eso, recuerdo que la persona que pretendía desmentirme me pidió que probara lo que había dicho, y le referí uno de los varios casos en los que se acusó a este personaje político. Específicamente cité el audio de una charla radial en la que D’Elía habla de Schoklender y una lista de personas con apellidos “similares”, dando a entender que son apellidos judíos, y los relaciona por su condición religiosa o racial, al crimen o a una supuesta red de espionaje.² En defensa del político recibí dos respuestas: una que proponía que el acto discriminatorio era el uso de la palabra paisano, que en la charla se usó como eufemismo de judío; y la otra fue que peor era bombardear un hospital Palestino. Pues bien, la primera la desarrollé, en parte, de antemano cuando hablé del uso de las palabras. El acto discriminatorio de éste político reside en conectar la religión de un grupo de personas a una conspiración criminal, utilizando cómo único argumento justamente la pertenencia a una minoría. Con el agravante de hacerlo en un medio de comunicación. La segunda requiere un mínimo de poder de abstracción; no creo que valga la pena explicar el error conceptual de ese argumento. La lista de denuncias que este hombre tiene por declaraciones racistas en público es larga.

El caso particular que cité es sólo un ejemplo de cómo se deja pasar cierta discriminación por conveniencia. En un proyecto político que lucha por los derechos humanos y en contra de la discriminación, se tolera que uno de sus participantes incurra en actos discriminatorios. En parte, porque lo hace de manera solapada y subrepticia. Jugando en el límite de lo que dice y lo que calla, pero sugiere. Y al mismo tiempo es una pieza de utilidad. También se lo tolera por miedo. Miedo a aceptar que dentro de un proyecto positivo, hay elementos repudiables. Pero ese miedo es pueril. Un grupo de gente no se define por uno solo de sus componentes y, por suerte, análogamente un componente no define a todo un sistema mucho más complejo que lo trasciende.

Conclusiones

Existe una discriminación subyacente en nuestra sociedad que debemos reconocer para poder deshacernos de ella. Está dirigida a todo tipo de grupos y minorías, y por momentos se disfraza de chiste o “forma de decir”. Otras veces se esconde detrás algunos comentarios, y queda tácitamente expresada en un discurso. Por otra parte el uso indiscriminado alusiones a la segregación para cuestiones que no representan realmente un acto discriminatorio, contribuye al discurso de quienes promueven el racismo, el sexismo, y el resto de las formas de violencia dirigida a minorías. Para descubrir la segregación encubierta, es mejor observar la verdadera intención detrás del hecho concreto. Llegar al espíritu, a la intención, y dejar en segundo plano las palabras puntuales que se emplean.

Fuentes

  1. Minority and majority discrimination: When and why“, Geoffrey Leonardelli y Marilynn Brewer, Julio de 2001
  2. Luis D’Elía acusado de declaraciones antisemitas“, Perfil, Junio de 2011
  3. Statistics on Discrimination to minorities“, Filip Spagnoli’s blog, 2010
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Bug-free programmer, y lector empedernido — fanático de Umberto Eco y Borges. Kirchnerista antikircherista. Opinando de política soy muy buen músico.

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7 thoughts on “La discriminación que no miramos

  1. Está muy bueno el artículo, y es cierto lo que decís. Creo que igualmente todos tenemos un mecanismo automático de discriminación, o tal vez no es discriminación sino prejuicio. Análogamente al ejemplo del cartonero, a mí me pasa eso cuando voy por la calle y veo un joven o grupo de jóvenes tomando cerveza en la vereda. Por alguna razón me surge automáticamente un prejuicio que hace que pase, al menos, con cautela por ese lugar. No estoy seguro de si el grupo de personas “que toma cerveza en la vereda” se sentirá discriminado por esto.

    • Claro que todos tenemos ese mecanismo, es un reflejo atávico. Cuando vemos a uno que no es de la manada, estamos en peligro. Es natural, y no es para sentir culpa. Pero ese reflejo, se filtra en tu mente, tu consciente lo analiza y pondera ese aviso de peligro del subconsciente. Y razona hasta qué punto tiene o no sentido, en tu vida social actual.
      La discriminación que vemos hoy, y a la que me refiero en el artículo, es posterior al reflejo. Es controlable, si la persona medita lo que está haciendo.

  2. Muy buen artículo. Muchas veces usamos las palabras sin detenernos a pensar en el efecto que pueden causar. De las actitudes o la diferencia entre el discurso y la acción, mejor ni hablar. Por mi culpa, por mi culpa, por mi culpa :)

    Con respecto a esta frase: “Porque existe esa discriminación que no miramos, y que es menesteroso empezar a mirar.” Creo que no corresponde el adjetivo menesteroso. Tal vez sería más apropiado usar perentorio?

    Por lo demás, impecable factura. Gracias por la reflexión.

    Saludos

  3. Pingback: Pagni, Pepe, antisemitismo y discriminación | DRK Blog

  4. Muy buen artículo, es necesario que la gente reflexione y se dé cuenta que todos somos seres humanos y punto.

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